Por Junio



Mi amado Señor, puse los quicios a la altura de la tormenta
y pulí mis tierras, las llene de algodón;
así que espero su respiro, llegar desde la más crespa montaña
y estaré aquí de pie, y aquí estaré después.

Mi amado Señor, me encargue de todas las palabras que no había dicho,
las encajone frente a casa y las hice camino,
tuve el tiempo de mi lado y me fui hasta el siguiente día,
vino el joven de pie sangrante y tomo lo que pudo,
y me tocaste con su manto para saber de su dolor.

Mi amado Señor, ame a todos aquellos hombres,
tome sus llaves y cerré todas sus puertas,
supe que estaba encerrado, después de tanta quijada quebrada
y el resto de mi era tan solo polvo, arena que volvía al creciente mar.